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Me comunico con la galería Pecanins. La idea es conocer al artista Raúl Herrera; escribir una nota de su próxima exposición. Tere Pecanins habla conmigo. El tema la apasiona. Se refiere a Raúl Herrera como un maestro de la tinta. Me confiesa su pasión por la obra de Herrera pero también por las tristes limitaciones que tiene la fotografía por internet para capturar todo su poder estético. Yo le platico sobre un bello árbol pintado por el maestro que imantó a los visitantes en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. Quedamos en una cita para ver algunos catálogos. Al colgar el teléfono me comunico con Raúl Herrera a Oaxaca. No está. Ha salido. Al poco tiempo recibo su llamada. Decidimos hacer una entrevista por correo electrónico. Sus respuestas, en conjunto, merecen la limpieza de mi silencio:
Mi relación con la tinta comenzó hace 40 años, cuando estudié en París. Ahí sufrí una intoxicación bronquial por trabajar en el pequeño cuarto en que vivía. Un cuarto de dos y medio metros por lado. En invierno, además del aire viciado por la falta de ventilación, con la ventana cerrada, olfateaba nubes de aguarrás. Entonces el doctor universitario me recomendó trabajar un tiempo con lápiz y acuarelas: sin chupar los pinceles. Esto coincidió con una exposición en la Biblioteca Nacional de Hokusai, de la que aún guardo el cartel, y con otra más en el Grand Palais: 2000 años de tintas chinas. Ambas me impresionaron profundamente pero nunca creí poder llegar a producir nada por el estilo. Y aún no lo logro.
Así que comencé primero con los lápices y poco a poco hice combinaciones de colores con acuarelas. Ese periodo lo viví en Londres. Cuando descubrí, en un pequeño callejón, una tienda de papeles de importación, me impresionaba la variedad de papeles que ahí había de todas partes del mundo; me enamoré de los papeles japoneses y chinos. Me topé también con un libro sobre la Física Cuántica; entonces, quise pintar el tiempo y el espacio de una manera distinta. Movimiento y trazo como una sola cosa. En la pintura china, eso se dice: pintar la esencia de las cosas. Shie I, un maestro de la tinta en Nueva York, me habló sobre esto y me vendió un tambache de papeles muy grandes, que cargué de un lugar a otro por tres años. Hasta que un día, en una playa española, tuve una experiencia, meditando con el movimiento del mar; así que sobre ellos, tracé las olas. Tuvieron que pasar muchos años para que me atreviera a mostrar mi trabajo pues lo consideraba acaso como ensayos de meditación. En 1972, viviendo en Ámsterdam, un crudo invierno, me enfermé gravemente de una bronquitis que se transformó en neumonía. Para restablecerme, entré a unas clases de Tai chi chuan. A partir de ese momento la pintura, mi movimiento y mi vida se unieron. El Tai chi, siendo una disciplina taoísta, engloba todo: el ser y el universo.
En mi convalecencia sentí la obsesión de regresar a México; a la playa, las palmeras y su clima templado. Regresé con una profunda necesidad de estar aquí. A mi vuelta, con unos amigos emprendimos un viaje a Oaxaca, a la sierra mazateca; queríamos visitar a la chamana mayor. Y aunque entre 1961 y 1992 viví en varios lugares, algunos años en Tepoztlán y un año en Los Ángeles también, eso marcó mis años posteriores y mi deseo de radicar ahora en Oaxaca. Mi relación con la Galería Pecanins comenzó en 1966, aunque expuse por primera vez con ellas, en 1975. Luego lo haría regularmente cada dos o tres años. Y pasé varios períodos a través de los cuales me apoyaron: abstracto, semifigurativo, expresionismo abstracto, caligráfico, collages con papeles manchados o pirograbados.
Ahora lo hacen con una figuración expresionista de paisajes oaxaqueños; de esos paisajes que hay en donde vivo y que se apoderaron de mí. Los árboles me interesan más que nunca después de los viajes que he realizado a las sierras del estado. Ahí, los explotadores del bosque matan lentamente la vida en las montañas. He visto grandes personajes arbóreos desaparecer bajo la aplanadora del progreso. Y entre ellos, la Reina del Valle del Tule, la diosa que habita en su gran ahuehuete. Ella muere de sed por la urbanización de su entorno. Me parece curioso que ningún pintor lugareño haya tratado de pintar o darle voz a esta gran catedral de madera. De madera viva y llena de fuerza espiritual. Yo, para pintarla, pasé varios años viniendo a contemplarla y dialogar con ella. Espero haber entendido su majestuosidad. Haber comprendido eso que las fotos que he visto no comprenden.
Con esta exposición de mis trabajos sobre el Tule, cumplo ya treinta años de pintar con tinta china, 30 años de exponer con mis amigas y 30 años de practicar el Tai chi. Sobre mis proyectos a futuro no sé mucho. Eso lo decide mi pintura; para mí, el tiempo y el trabajo son la misma cosa.
Playbol / Casa LAMM
Antonio Calera-Grobet
A principios del año 2003, el pintor juchiteco Demián Flores recibió una invitación por parte de la Fundación Amigos de Oaxaca -encausada por el maestro Francisco Toledo -, para exhibir en aquel estado la serie Novena, un conjunto de piezas sobre el béisbol que realizara durante su estancia en la Cité Internacionale des Arts, en París. Casi inmediatamente, luego de algunas reuniones de trabajo con Alfredo Harp y su equipo, se fijó una fecha para su inauguración y, por invitación del artista, comenzaron también mis funciones como curador de la muestra.
Entonces lo primero fue reconocer la obra; para quienes conocíamos de cerca el trabajo de Flores; en mi caso, desde la exposición Arena México en el todavía existente Museo de la Ciudad de México, resultaba por demás intrigante toparnos con su nueva obra, reconocer la transformación de su pintura luego de un año de extranjería. Rápidamente las dudas se disiparon en cuánto al qué decía; Flores no sólo continuaba trabajando sobre el mestizaje, la simbiosis, la aculturación -lo que indicaba que su valoración ética no había sufrido cambio alguno -, sino que seguía distinguiendo al deporte, no como un simple entretenimiento desasido de referentes o un mero escenario temático, sino como una manifestación simbólica compleja, un elemento integral de las sociedades por ser el reflejo de su identidad profunda.
Al cabo de unos meses el proyecto llegaría a buen puerto; además de levantar un museo provisional bajo las gradas del estadio de béisbol Eduardo Vasconcelos -delimitado con tablaroca y triplay, alfombrado con pasto sintético e iluminado especialmente para la ocasión -, se lograría una importante comunicación impresa: más de mil catálogos para instituciones e interesados, tres mil catálogos rústicos para obsequio a los visitantes, 7000 suplementos distribuidos como encarte a todo el estado por el patrocinio del diario El Imparcial y además, 1500 ejemplares de una antología literaria con la obra de nueve autores: Eduardo Lizalde, Alberto Blanco, Francisco Hernández, Raúl Renán, Julio Trujillo y Alejandro Ortiz, entre otros. Además, por si fuera poco, se pudo acompañar la exposición con una nutrida oferta de actividades paralelas: una muestra de timbres alusivos en el Museo de la Filatelia, un ciclo de cine al aire libre organizado por El Pochote y un par de mesas redondas.- En pocas palabras, por primera vez y como nunca, gracias al apoyo económico de la fundación y la asistencia logística de varias instituciones como el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, se pudo cumplir con una vieja añoranza de la promotoría cultural: ejercitar sin limitaciones económicas o administrativas, una forma horizontal de oferta cultural, en la que las poblaciones más tangenciales al mundo del arte -marginadas o ajenas a él - adquieran, como únicos interlocutores, una posición nuclear
Y este recuento porque ahora, gracias a la mancuerna establecida entre la revista Origina y la Casa LAMM, es posible apreciar aquella exposición -rebautizada en spanglish como Playbol -, que bajo la dirección curatorial de Víctor Samudio Taylor ha cerrado su lista de obra de la siguiente manera: 9 pinturas al óleo de gran formato (tres de ellas creadas ex profeso para esta entrega), 10 gorras bordadas (con frases célebres de Pedro El Mago Septién diseñadas por el artista), 120 pelotas de hueso dibujadas (con los rostros de los Presidentes de México, los Niños Héroes y los héroes de la Indepedencia), 17 bates transformados por un torno, y además, un par de animaciones no exhibidas aún; una que presenta a un pelotero lanzando los nombres de los Presidentes de México y otra que fusiona al talayi o pelota mixteca con crestomatías del cine hollywoodense.
Por el lado de las pinturas -a diferencia del qué, resultaba evidente la transformación de su cómo -, proponían hace un año la continuación del espacio en blanco propuesto en Monte Albán -que oxigenaba el barroquismo previo, esa carga compositiva de sus cuadros de lucha que se presenta ahora en la nueva serie de Lulú - y se percibía el interés por permitirle al observador, a través de ésta, completar el sentido de sus narraciones; ese espacio de lino crudo, ese silencio, resulta también significante en la obra de Flores. Con respecto a la reciente incorporación del objeto hace unos años, cabe decir que nutre a la bidimensión del autor -gráfica o pintura - de forma notable: tanto pelotas como bates o gorras en este caso; más bien, como parafernalia de un juego inexistente, un equipo deportivo para el ejercicio de la identidad - imaginemos a alguien con esas gorras y dando con el bate a esas pelotas-, continúa explotando esa forma refinada de la inteligencia que es el sentido del humor y que Flores explota con elegancia.
Se trata ciertamente de una serie pasada ya por tiempo, pero que, en definitiva, representa con justicia a la obra de uno de los artistas importantes de la generación de los setenta. La muestra se exhibirá del 8 de junio al 8 de julio, con el acierto añadido de ser la primera vez que se muestra en la capital -parte de ella se mostró también en la Abel Raum fur Neue Kunst de Berlín y en la misma Cité Internacionale de París-, y constituye un pretexto para acercarse a una obra que, como pocas, ha explorado el complicado trinomio que da pie al nacimiento de la idiosincrasia de un pueblo: el territorio, la memoria y la identidad.
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