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Hubo un tiempo en que paseaba por la ciudad y mis sentidos se deleitaban en las cúpulas, las cariátides, las puertas art nouveau y otros detalles de la arquitectura. Como un fogonazo apareció un interrogante: ¿y si la ciudad fuera una gran alfombra puesta sobre la Tierra? Entonces vi agujeros en esa supuesta alfombra de asfalto, y de ellos pujaban por salir los árboles. Cada palo borracho, cada jacarandá me recordaban que –aunque sepultada por la civilización- ahí abajo estaba la Tierra que nos nutre y que nos traga. Frente a las pinturas de Ana María Martina nuevamente recuerdo aquel fogonazo. Quizá ella haya sentido lo mismo, o algo semejante, con los árboles y sus ramas; quizá haya querido rendirles un íntimo homenaje. Una acuarela de Ana María me lleva al tapizado de hojas violetas que dejan los jacarandáes de la Diagonal Sur; la pintura de una rama me conduce al túnel de árboles que cierra un sector de la calle Malabia; y me doy cuenta que la geografía de la ciudad ha cambiado, ya no importan los detalles de la arquitectura sino la sola presencia de un árbol. En cada uno de los cuadros de Ana María hay un romance con el árbol, con sus ramas, su follaje y sus flores. Lejos de la descripción a la manera de los cronistas europeos que vinieron a América a estudiar nuevas especies, los árboles que pinta Ana María son la impronta de un momento. No en vano muchas de sus obras se resuelven en papel de arroz y con tinta china, una técnica que exige un accionar rápido y directo, sin muchas posibilidades de corrección. En un instante se hace una acuarela, en un instante la madera de un árbol nos lleva a otra dimensión de la vida. Esas acuarelas son producto de un gesto urgente y certero, como el de un arquero que dispara la flecha y da en el blanco. La comparación no es ingenua; si el arquero acierta es porque él se convierte en blanco, ambos devienen uno, tal como afirman los sabios budistas. Del mismo modo cuando Ana María pinta una rama, ella misma deviene árbol. A diferencia de los occidentales, los japoneses (por lo menos los tradicionales) no conquistan la naturaleza, simplemente la sienten como compañera, no la cuantifican en recursos naturales sino que ven en ella a un benefactor. El sentimiento de nuestra artista es el mismo. Ana María elude la especie de árbol y más bien pinta uno inexistente pero universal, el arquetípico, el ideal; aquel que pone en comunicación los tres niveles del cosmos: el subterráneo, en las raíces que se hunden en la tierra; la superficie, en sus tronco y sus primeras ramas; y las alturas, por su copa que se levanta. En la memoria más profunda del hombre el árbol sigue siendo un axis mundi, un eje del mundo que une tres dimensiones. Quizá no sea casual que bajo un árbol el príncipe Siddharta Gautama haya alcanzado la iluminación, desde entonces fue conocido como el Buda, el despierto; y Buda no es un dios, sino un nivel que cualquier ser humano puede alcanzar si realiza la gran obra espiritual. Voy al campo y veo un eucalipto altísimo, mi alma se abisma cuando pienso que ese árbol me va a sobrevivir. Quién sabe cuantas cosas habrán detonado otros árboles en otras almas, quien sabe qué sentimientos se generaron en una artista como Ana María para que honre con su pintura al árbol. Sólo quien alguna vez se emocionó frente a la fortaleza viva de la madera podrá sintonizar su espíritu con las pinturas de Ana María; su obra es un recordatorio de nuestra esencia humana, nosotros, como el árbol, tenemos nuestras raíces en la tierra para poder aspirar al cielo.
Julio Sánchez Lic. en Historia del Arte, crítico de arte, docente, curador. Dictó clases en la Universidad de Buenos Aires y la New York University, actualmente en la Universidad del Cine y la Universidad de Tres de Febrero. Como crítico de arte, escribió para la revista La Maga y actualmente para Arte al Día, Wipe, Cultura y el diario La Nación; es jurado de premios nacionales y privados y dicta seminarios de especialización en Buenos Aires y el interior del país. Curador del Pop Hotel Boquitas Pintadas y Tono Rojo Wine & Art, Premio Arlequín al Crítico de Arte del bienio 2002-2004.
Próxima Muestra: "Testigos del simple y armonioso discurrir de las estaciones" Del 8 al 30 de Noviembre de 2006 Galería Landhuis Bloemhof , Curazao - Antillas Holandesas
e.mail:anitamartina@fibertel.com.ar http://groups.msn.com/ANAMARIAMARTINA
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